A pesar de que la exhibición cinematográfica en nuestro país nos ha privado ver las anteriores películas del húngaro Béla Tarr (desde la descomunal “Sátántangó” – de siete horas y media de duración – hasta la más accesible “El hombre de Londres”) el anuncio de retiro voluntario del cine por parte del autor parece haber despertado el interés de dos salas, una en Madrid y otra en Barcelona, por estrenar “El caballo de Turín”, testamento cinematográfico del director y una de las películas con mayor sabor a muerte de todas las que se han estrenado en los últimos años.
No es casual que Tarr y su guionista habitual, el novelista László Krasznahorkai, hayan partido de un incidente real para proponernos su particular visión del fin del mundo, aunque nunca se habla explícitamente de un apocalipsis. La base de esta película no es otra que el encuentro entre el filósofo Friedrich Nietzsche y un caballo en una plaza turinesa. Viendo que el animal estaba siendo maltratado por su dueño, el autor de “Así habló Zaratustra” se abrazó a su cuello llorando y, acto seguido, se desmayó. Al parecer, cuando Nietzsche volvió a casa pronunció una última frase y entró en un periodo de silencio y locura que duró hasta su muerte. “El caballo de Turín” comienza con esta anécdota explicada sobre fondo negro para centrarse en el hipotético futuro de ese caballo, cuyo dueño es un carretero que vive con su hija en una casa apartada de la civilización y en la más absoluta pobreza. El espíritu de la obra del filósofo planea por toda la película, en la que no hay ningún apego hacia el ser humano, ninguna presencia de fe y ningún porvenir para la raza humana (quizás Tarr sitúa su película entre la muerte del hombre y el nacimiento del superhombre, aunque esto último nunca será revelado)
Rodada es un árido blanco y negro, casi siempre ubicada en una única localización (salvo la primera secuencia, el resto de la película está filmada en la casa donde viven los protagonistas, vista desde el interior y el exterior) y sin apenas diálogos, “El caballo de Turín” apela a la sencillez expositiva para hacernos partícipes de una realidad aterradora: la naturaleza está actuando de forma violenta para arrasar con todo lo que se encuentra por su camino. Y para darnos cuenta de ello no necesitaremos más que el sonido del viento azotando la casa donde padre e hija pasan sus días con la misma monotonía, una pequeña conversación entre el padre y un vecino, que le dice que el pueblo está en ruinas y un paulatino desánimo en los protagonistas, desde los dos humanos que deciden pasar los días mirando a través de la ventana hacia la nada hasta el caballo que se niega primero a andar y luego a comer.
Hay en la película de Tarr una voluntad de austeridad que remite a Bresson, y concretamente a su extraordinaria “Al azar de Baltasar”, aunque aquí la austeridad – más que una opción estilística – parece una opción moral porque se sitúa al mismo nivel que la vida de los personajes, que sólo se alimentan de patata hervida con sal, que no usan ni siquiera cubierto para comer y que visten siempre de la misma forma. También podemos encontrar aires de Tarkovsky y su “Sacrificio” y una presencia de la naturaleza violenta que entronca más con el clásico de Victor Sjöström “El viento” que con la más efectista – aunque también efectiva – “El incidente”, de M.Night Shyamalan. Pero más allá de las referencias a otros cineastas, la personalidad de Béla Tarr inunda cada plano de una película que requiere paciencia (unos 30 planos en 150 minutos de duración ya avisan de la naturaleza pausada del film), que se insiste en la repetición de las mismas acciones día tras día (reiteración que viene respaldada por una letanía en forma de único tema musical lúgubre compuesto por Mihály Víg) y que provoca tal desazón que al final acabas deseando que ese viento cese, a pesar de todas las implicaciones negativas que ello pueda acarrear.
“El caballo de Turín” es de esas pocas películas que te fascinan y que al mismo tiempo quieres que termine porque te deja sin respiración. Y lo peor, o lo más hermoso, es que cuando llega a su final es muy difícil que se te vaya de la cabeza en muchos días. El recuerdo de ese hombre rudo, que parece sacado del cine mudo de terror, comiendo con las manos una patata que su hija acaba de hervir mientras la observa con un ojo medio cerrado y el otro con el párpado caído; la imagen fantasmagórica de la hija tomada desde el exterior mientras mira fijamente a través de la ventana con una tristeza infinita; el paisaje que se va desdibujando hasta que la niebla puede con todo y esa pregunta sin respuesta que la hija hace a su padre cuando la noche nunca termina son sólo algunos de los ejemplos que demuestran que nos encontramos ante una de las películas más aterradoras de este siglo.